El sueño en la obra de Zurbarán y Murillo
Murillo y Zurbarán, dos de los artistas más sobresalientes de nuestro siglo XVII, además de por su lugar de origen, estaban unidos por su religiosidad que coincidía con buena parte de sus encargos. Los dos carecían del aura cortesana del otro gran artista sevillano, Velázquez y la iconografía en la obra de ambos está plagada de imágenes de devoción en la que resalta el gusto por lo íntimo y lo sereno. En las imágenes que representaban encontramos varios ejemplos en el que el sueño es el tema principal, figuras que respiran paz y equilibrio.
La Virgen Niña dormida. c. 1630
Francisco de Zurbarán (1598-1662)
Óleo sobre tabla. 109x90 cm.
Colegiata de Jerez de la Frontera
El sosiego, la introversión, el ensimismamiento son cualidades casi constantes en la obra de Zurbarán, por lo que abundan en ella las composiciones de un solo personaje. Estas características envuelven con un aire de misterio muchos de sus cuadros en los que sobresale el carácter intimista y el amor por la simplicidad y el misticismo.
Una de sus más hermosas obras, la Virgen Niña dormida que se encuentra en la Colegiata de Jerez representa a una de esas figuras que Zurbarán pinta aisladas y absortas en sus propios pensamientos. Vestida con una túnica roja y un manto azul, sobresale la calidez con que pinta las telas y desmiente a aquellos que no han querido ver en Zurbarán un colorista como lo son Velázquez y Murillo y a los que solamente se acuerdan de él para evocar los frailes pintados de blanco sobre fondo oscuro.
La Virgen Niña, medio dormida, con los ojos entreabiertos y esbozando una sonrisa remarca la potencia escultórica del artista que destaca la figura del fondo semioscuro. Así mismo es evidente otra de las características de la obra de Zurbarán, su gusto por los pequeños objetos que dan sensación de autenticidad, quietud y silencio. Apoya un codo sobre una silla de mimbre, la cabeza es sostenida por la mano y con la otra sostiene el libro que ha estado leyendo, pues ella ahora está durmiendo, soñando o meditando. Como es un pintor cuidadoso, el quiere colores limpios, vivos y recortados consiguiendo una gama cromática singular que hace destacar los objetos sin perder la armonía.
Nos da aquí Zurbarán un hermoso ejemplo del culto mariano de su tierra, Andalucía que es la región donde el culto a la Virgen es más ferviente, aunque también se ha apuntado la posibilidad de que la modelo que representa a la Virgen Niña podría tratarse de Isabel Paula, hija del pintor y fruto de su matrimonio con María Páez.
El amor por las cosas sencillas hace que los objetos representados sean naturalezas muertas de gran belleza: la silla de madera y mimbre, el pequeño mueble con el cajón entreabierto sobre el que apoya la cerámica con flores y el mismo libro. La colocación de algunos objetos que Zurbarán suele colocar esquinados, como en este cuadro, la silla de mimbre y la mesilla, le ayudan para conseguir líneas de fuga y atmósfera espacial.
Estilísticamente el amor por el detalle de gran valor decorativo y la grandiosidad conseguida a través de lo simple es característico del misticismo de la pintura española del s.XVII. La figura de la Virgen Niña aparece iluminada por un foco de luz que se va diluyendo para iluminar tenuamente el resto de los objetos, todo ello destacado sobre un fondo oscuro lo que revela la preocupación tenebrista del pintor. La utilización del claroscuro procedente de Italia y mas concretamente de Caravaggio había entrado en Sevilla como recurso pictórico de moda hacia 1615, en un momento en que Zurbarán culminaba su aprendizaje y comenzaba su carrera profesional en Sevilla. Si esta obra fue pintada hacia 1630, Zurbarán acababa de asentarse en Sevilla donde rápidamente su prestigio le colocó a la cabeza de los pintores locales.
El Sueño del Patricio.
Hacia 1662-165
Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682)
Óleo sobre lienzo. 232x522 cm.
Madrid. Museo del Prado
Cuando Murillo pinta este cuadro, el Sueño del Patricio, su fama como artista en Sevilla está en uno de sus mejores momentos. Acababa de realizar las obras para la Catedral y el éxito que tuvieron le prodigó importantes encargos como el de la pintura de los cuatro grandes medios puntos del crucero de los testeros de las naves laterales de la iglesia recién restaurada de Santa María de la Blanca.
El encargo se realiza entre 1662-1665 para esta iglesia de tres naves y sobre columnas de mármol al gusto del seicento sevillano, decorada por los hermanos Borja que habían revestido su cúpula con barroca hojarasca de yeso y que contrastaba con los muros desnudos del templo.
D. Justino Neve, el canónigo de la Catedral, costeó la obra queriendo figurar en el anonimato, y fue el que realizó el encargo a Murillo y el inspirador de los temas representados.
Los dos medios puntos de mayor tamaño acabaron decorando la nave central y aparecían bellamente iluminados desde lo alto con la luz que entraba por las claraboyas de la cúpula. Representaban la fundación milagrosa de la iglesia romana de Santa María de las Nieves (Basílica de Santa María La Mayor), la misma advocación que la iglesia sevillana restaurada.
Uno de estos dos lienzos era El Suelo del Patricio” que ocupaba el lado izquierdo. El cuadro representa un sueño: Al Patricio Juan y a su mujer se les aparece en sueños la Virgen para que edifiquen en su honor, en el monte Esquilino, una iglesia con la planta que haya trazado la nevada milagrosa caída en el lugar.
Este episodio ocurrió, según cuenta la leyenda, a mediados del siglo IV, bajo el pontificado de Liberio, en el que este patricio y su mujer habían decidido dejar heredera de sus bienes a la Virgen.
El matrimonio informa de la visión al Papa Liberio, quien a su vez había tenido otra visión igual la misma noche.
Murillo, al contrario de la interpretación de los mosaicos romanos de Santa María la Mayor en Roma, no los imagina en el lecho, sino sentados en una estancia de su hogar en la que se desarrolla la escena, como si les hubiera venido el sueño de repente, o estuvieran en un profundo estado de relajación. No sólo duermen ellos, sino que todo está quieto, produciéndose una sensación de descanso en personajes y objetos.
Diego Angulo, el principal estudioso de la obra de Murillo, relaciona esta escena con algunas obras de Zurbarán, en cuanto a la representación de lo doméstico y lo cotidiano, como es el caso de la Virgen Niña dormida de la Colegiata de Jerez, que se estudia en este artículo.
Además no es la primera vez que Murillo aborda en tema del sueño, pues anteriormente había pintado otras obras con el mismo motivo del sueño, como el Niño Jesús dormido en los pañales o sobre la Cruz.
Aquí el sueño invade toda la escena como una atmósfera que envuelve a los personajes principales y también al perrillo, al cesto de costura o al libro que estaba leyendo el personaje principal.
A la izquierda aparece la Virgen con el Niño irrumpiendo en la estancia rodeada de un haz de luz y señalando hacia el monte donde ha caído la nevada milagrosa en el lugar donde deben construir la iglesia.
La composición tenebrista de las primeras obras de Murillo ha desaparecido y una técnica mucho más suelta y fluida de gran maestría anuncia los trabajos de una etapa posterior y la convierten en una obra excepcional de la pintura española.
Esta obra fue arrancada de su lugar en la Guerra de la Independencia y formó parte del Museo de Napoleón hasta su regreso a España, donde se le colocó el bello marco neoclásico que tiene actualmente.
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